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     Era joven e iluso. Sin barba apenas. Sorbía de a poco una cerveza que me nublaba los sentidos, y hablaba de futuros lejanos y mundos posiblemente mejores. Entonaba con la confianza de los mentirosos que nada pueden perder.

     Su sonrisa enorme me desconcertó. Parecía feliz y eso nunca es buen presagio. Sacó un papel y un bolígrafo de algún lugar y se apoyó en la barra para escribir.

     Temo las tormentas de verano y las noches eternas sin su cuerpo.
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     Sus pies indican siempre las dos menos diez. Camina con pesadez, en un vaivén continuo. Raramente mira al frente y jamás cruza la vista con los demás viandantes. Viste de negro, pero su estampa no es triste. Cualquiera se da cuenta de que jamás salió una lágrima de sus ojos, jamás dudó en un paso, jamás se arrepintió del anterior.

     Ahora espera paciente, andando despacio, como un péndulo que se agota ajeno al diluvio.
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     - Será mejor que me vaya a mi casa antes de hacer algo de lo que estoy seguro que mañana me arrepentiré. Será mejor que te bese la mejilla y me largue al agujero del que salí. Será mejor que...

     - Cállate y ven aquí.


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     Si no hubiera leído la carta tan tarde, seguramente habría ido a buscarle. El conformismo que se solía echar en cara volvía a resurgir para mostrarle algo que tenía enterrado. Algo que no quería ver.

     Ahora el papel -parcialmente húmedo- se retorcía ente los troncos crepitantes, abrazado por lenguas rojizas. Sus ojos resplandecían al compás de las llamas, perdidos en algún lugar pasado o imposible. Por la ventana se veían caer los primeros copos del invierno.
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    Una cama con un hombre dentro. Hecho un ovillo, como muerto de frío. La mirada perdida, casi ausente. Al lado una silla y una mujer sentada. Dos ojos negros muy brillantes y el pelo, también negro, largo, desparramado sobre los hombros. Entre las manos tiene un rosario del mismo color que el pelo y los ojos.

     Una de las manos deja el rosario para apartar un mechón de la frente del hombre. Después, coge un libro que hay encima de la mesilla y lo abre. Es el corán.
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     La noche tiraba a degüello con su luna negra como testigo silencioso. Sólo el nervioso martilleo sobre las teclas del viejo IBM mantenía despierto su mundo, pero eso se le antojaba suficiente.

     Dio un último sorbo al té -ya más que frío- y cerró la tapa del ordenador. Le quedaba poco tiempo. Si volvía a amanecer quería ser consciente de ello con el sol lo bastante alto como para no ponerse nostálgico.
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     En la adolescencia adoraba el heavy-metal. Ahora sigue siendo lo único que se oye en los blanquísimos auriculares de su iPhone, pero, paradójicamente, el brillo de los zapatos y la presión de la corbata hacen que Black Sabbath suene menos serio.